Historias graciosas cuentos populares
Nasreddín, Pedro Urdemales, anécdotas reales y cuentos populares con final inesperado.
El rey que tenía dos hijos
Este era un rey que tenía dos hijos: uno era más grande y otro más chico; uno se llamaba Pancho y otro Francisco. Cuando el rey se levantaba, se levantaba con sus dos hijos: uno era más grande y otro más chico; uno se llamaba Pancho y otro Francisco. Cuando el rey almorzaba, almorzaba con sus dos hijos: uno era más grande y otro más chico...
Las piedras de Chelm
Los de Chelm decidieron construir una sinagoga y mandaron a unos hombres fuertes a la montaña a buscar piedras. Los hombres bajaron sudando con las piedras al hombro. Al verlos, el guardia del pueblo gritó: «¡Tontos! ¡Debieron hacerlas rodar montaña abajo!». A los hombres les pareció una idea excelente.
Las tres mentiras
Un campesino dejó trescientos pesos a sus tres hijos. Los dos mayores, ambiciosos, propusieron enterrar el dinero, irse un año y dárselo al que, al volver, contara la mentira más grande. El mayor contó que había plantado una mata de garbanzos que creció hasta el cielo. El segundo, que había torcido un hilo tan largo que llegaba al cielo. El menor contó que una noche quiso fumar, no tenía fósforos, vio una luz en la Luna y subió a encender su cigarro. «¿Y por dónde subiste?». «Por el hilo que tú torciste».
El rey y las hormigas
Un rey muy aficionado a los cuentos ofreció una gran recompensa a quien le contara uno que no se acabara nunca. Un forastero empezó: «En mi país, el rey llenó sus graneros de trigo. Llegó una plaga de hormigas, que abrieron un agujerito por el que cabía un solo grano. Entró una hormiga y se llevó un grano». «¿Y qué más?», preguntó el rey. «Entró otra hormiga y se llevó otro grano». «¿Y qué más?». «Entró otra hormiga y se llevó otro grano...». Así estuvo durante meses, con toda calma.
Lo que hacía mi padre
Hérshel de Ostropol llegó a una posada con aspecto de no tener un centavo. La posadera le dijo que la cocina estaba cerrada. «Entonces tendré que hacer lo que hacía mi padre», dijo Hérshel. Ella, asustada, preguntó qué hacía su padre. «Mi padre hacía lo que tenía que hacer». Imaginando algo terrible, la mujer le sirvió una comida completa. Cuando terminó de comer, ella se atrevió por fin a preguntarle qué era lo que hacía su padre.
El capón de una sola pata
Un caballero le encargó a su cocinera, Chepa, un capón asado. El olor era tan rico que Chepa no resistió y se comió una pata. Al servirlo, el patrón preguntó: «¿Desde cuándo los capones tienen una sola pata?». «Desde siempre, señor. Venga al gallinero y lo verá». Era de noche y las gallinas dormían, todas paradas en una sola pata. «¿Lo ve, patrón?». El caballero espantó a las aves, que salieron corriendo en dos patas: «¿Ves cómo tienen dos?».
El cuento del gallo pelado
Es un cuento de broma para engañar a quien pide un cuento. Le preguntas: «¿Quieres que te cuente el cuento del gallo pelado?». Cuando te contesta que sí, le dices:
El rey y el tabardíe
Un pícaro limó cien monedas de oro, hizo con ellas cien bolitas y se las vendió a un boticario diciendo que se llamaban «tabardíe» y que sin ellas no se podía hacer oro. Luego le hizo creer al rey, aficionado a la alquimia, que sabía fabricar oro. El rey compró el tabardíe al boticario, el pícaro lo fundió... y salió oro. Entusiasmado, el rey le dio una fortuna para que fuera a buscar más tabardíe a su tierra. El pícaro nunca volvió. Tiempo después, unos hombres hicieron una lista en broma y pusieron al rey entre los tontos. «¿Y si el hombre vuelve?», les preguntó el rey.
El pan que cayó bien
En Chelm, una joven dejó caer al suelo una tostada con mantequilla y, para su asombro, cayó con la mantequilla hacia arriba, cuando todo el mundo sabe que siempre cae al revés. Convocaron a todos los sabios del pueblo, que pasaron tres días ayunando y debatiendo en la sinagoga. Al final volvieron con la respuesta:
El padre, el hijo y el burro
Un padre y su hijo iban al mercado a pie, llevando el burro sin carga. Unos hombres se burlaron: «¡Qué tontos, el burro descansado y ellos caminando!». Subió el hijo, y otros dijeron: «¡Qué vergüenza, el viejo a pie y el muchacho montado!». Bajó el hijo y subió el padre; otros criticaron: «¡Pobre muchacho, a pie, y el viejo cómodo!». Subieron los dos, y los siguientes protestaron: «¡Van a reventar a ese pobre burro!». Entonces el padre le dijo a su hijo:
Los gansos del puentecito
Un vendedor llevaba miles de gansos a la fiesta del rey. En el camino encontró un río muy crecido con un puentecito tan angosto que solo cabía un ganso a la vez. Los puso en fila, uno detrás de otro, y la fila ocupaba muchas leguas. Pasó un ganso... después otro... después otro...
El pez condenado
Un vecino de Chelm compró un pez vivo el viernes para cocinarlo el sábado y lo llevaba debajo del abrigo. El pez se agitó y le dio un coletazo en la cara. El hombre fue a quejarse ante el tribunal del pueblo, y los sabios jueces deliberaron con toda seriedad.
El sacristán que dio los avisos
Un domingo el cura amaneció enfermo y le encargó al sacristán dar los avisos: que no habría misa pero que rezaran el rosario; que el jueves era vigilia porque el viernes era San Simón y San Judas; y que Pedro Martínez y María Jiménez se iban a casar, y si alguien sabía de algún impedimento, que avisara. Nervioso ante tanta gente, el sacristán anunció:
La mula baya de don Pedro Arcaya
—¿Quieres que te cuente el cuento de la mula baya de don Pedro Arcaya? —Ya está. —Yo no te digo que me digas «ya está», sino si quieres que te cuente el cuento de la mula baya de don Pedro Arcaya. —Bueno, cuéntamelo. —Yo no te digo que me digas «bueno, cuéntamelo», sino si quieres que te cuente el cuento de la mula baya de don Pedro Arcaya...
El rey y la tela invisible
Tres embusteros le dijeron a un rey que tejían una tela maravillosa que solo podían ver los hijos legítimos de sus padres. Se encerraron en un palacio con mucho oro y seda y fingieron tejer. Nadie, empezando por el rey, se atrevía a confesar que no veía nada, por miedo a quedar mal. El rey salió a la calle «vestido» con la tela y toda la gente la alababa, hasta que el mozo que cuidaba el caballo del rey, que no tenía nada que perder, le dijo:
Los tres hermanos que aprendieron a hablar
Un campesino rico tenía tres hijos muy cortos de entendimiento y los mandó a recorrer el mundo para aprender a hablar como la gente educada. En una fonda escucharon a unos jugadores de dominó: el mayor se aprendió la frase «Nosotros hemos sido»; el segundo, «Por ganar dinero»; y el menor, «Por muy justa causa». De vuelta a casa, encontraron a un hombre tirado en el camino, asesinado. En eso llegó un guardia a caballo: «¿Quién mató a este hombre?». «Nosotros hemos sido», dijo el mayor. «¿Y por qué?». «Por ganar dinero», dijo el segundo. «¡Entonces van presos los tres!».
Las huellas en la nieve
En Chelm había un ayudante que cada mañana pasaba casa por casa despertando a la gente para ir a rezar. A los vecinos les daba pena que sus pisadas estropearan la nieve recién caída. Tras mucho pensar, dieron con la solución:
Doña Truhana y la olla de miel
Doña Truhana, que era bastante pobre, iba al mercado con una olla de miel en la cabeza. Por el camino empezó a soñar despierta: con lo que le dieran por la miel compraría huevos; de los huevos saldrían gallinas; con las gallinas compraría ovejas... y así hasta ser la más rica del pueblo, casar a sus hijos y pasear por la calle con yernos y nueras. Tan feliz estaba que se echó a reír y se dio una palmada en la frente.