Historias graciosas con final inesperado
Nasreddín, Pedro Urdemales, anécdotas reales y cuentos populares con final inesperado.
La viejita y el timbre
Una viejita intentaba tocar el timbre de una casa, pero no alcanzaba. Un señor se acercó muy amable: «Señora, ¿la ayudo?». «Sí, joven, ¿me toca el timbre, por favor?». El señor tocó el timbre. «Listo, señora. ¿Y ahora qué?».
Groucho juega al tenis
En 1937 se organizó un partido de dobles de tenis con famosos: Groucho Marx contra Charlie Chaplin, que se tomaba el tenis muy en serio. Groucho llegó a la cancha con doce raquetas y una maleta. Chaplin, desconcertado, le preguntó qué llevaba en la maleta. Groucho le preguntó qué llevaba él en la suya, y Chaplin contestó que no traía ninguna. «¿Y qué clase de tenista es usted?», le dijo Groucho.
El pan que cayó bien
En Chelm, una joven dejó caer al suelo una tostada con mantequilla y, para su asombro, cayó con la mantequilla hacia arriba, cuando todo el mundo sabe que siempre cae al revés. Convocaron a todos los sabios del pueblo, que pasaron tres días ayunando y debatiendo en la sinagoga. Al final volvieron con la respuesta:
El contrabandista
Nasrudín cruzaba la frontera todos los días con su burro cargado de paja. Los guardias lo registraban una y otra vez: removían la paja, la mojaban, a veces hasta la quemaban, y nunca encontraban nada. Años después, uno de los aduaneros se lo encontró y le dijo: «Ahora puedes decírmelo, Nasrudín: ¿qué contrabandeabas que nunca pudimos encontrar?».
El atraco en el parque
Un anciano hace ejercicio en el parque y se le acerca un joven: «Disculpe, señor, ¿no ha visto a un par de policías por aquí?». «Pues no, ¿por qué?».
La herencia del cartero
—Cuando mi padre murió, a mi hermano mayor le dejó las afueras del pueblo, a mi hermano menor la parte norte y a mí todo el centro del pueblo. —No sabía que tu padre fuera rico.
El perro talentoso
—Mi perro es extraordinario: cuando quiere, baila; cuando quiere, me trae las pantuflas; cuando quiere, canta como Sinatra. —¿En serio?
Los ladrones gatos
Tres ladrones entran a un banco por el ducto del aire acondicionado. El primero resbala y hace ruido. «¿Quién anda ahí?», pregunta el guardia. «¡Miauuu!». El guardia sigue su ronda. El segundo resbala. «¿Quién anda ahí?». «¡Miauuu!». El tercero también resbala. «¿Quién anda ahí?».
El burro frente a la iglesia
Un burro murió frente a una iglesia y una semana después seguía ahí. El cura llamó al jefe de policía, que era su adversario político. «Pero, padre, ¿no es usted el encargado de ocuparse de los muertos?».
Cuando llore
Gracias a un tratamiento de fertilidad, una mujer de 65 años tuvo un bebé. Los familiares fueron a visitarla: «¿Podemos ver al bebé?». «Todavía no». Media hora después: «¿Y ahora?». «Todavía no». Ya impacientes: «¿Pero cuándo vamos a verlo?». «Cuando llore». «¿Y por qué tenemos que esperar a que llore?».
Un honor para el príncipe
A fines de la década de 1890, Mark Twain dio una charla en el Savage Club de Londres y lo nombraron miembro honorario. Le explicaron, muy solemnes, que solo tres hombres habían recibido ese honor, entre ellos el príncipe de Gales. Twain respondió:
La valiente del dentista
Una mujer llega apurada al dentista con su esposo: «Necesito sacar una muela, pero sin anestesia, que tenemos prisa. Hágalo lo más rápido posible». El dentista, impresionado: «¡Qué valiente es usted, señora! ¿Cuál es la muela?». La mujer se voltea hacia su marido:
El taxista asustadizo
Un pasajero le toca el hombro al taxista para preguntarle algo. El taxista pega un grito, pierde el control, casi choca con un camión y termina metido en una vidriera. «¡Amigo, no vuelva a hacer eso, casi me mata del susto!». El pasajero se disculpa: «No pensé que se iba a asustar tanto». «Es que es mi primer día como taxista». «¿Y qué hacía antes?».
El rey y la tela invisible
Tres embusteros le dijeron a un rey que tejían una tela maravillosa que solo podían ver los hijos legítimos de sus padres. Se encerraron en un palacio con mucho oro y seda y fingieron tejer. Nadie, empezando por el rey, se atrevía a confesar que no veía nada, por miedo a quedar mal. El rey salió a la calle «vestido» con la tela y toda la gente la alababa, hasta que el mozo que cuidaba el caballo del rey, que no tenía nada que perder, le dijo:
Los tres hermanos que aprendieron a hablar
Un campesino rico tenía tres hijos muy cortos de entendimiento y los mandó a recorrer el mundo para aprender a hablar como la gente educada. En una fonda escucharon a unos jugadores de dominó: el mayor se aprendió la frase «Nosotros hemos sido»; el segundo, «Por ganar dinero»; y el menor, «Por muy justa causa». De vuelta a casa, encontraron a un hombre tirado en el camino, asesinado. En eso llegó un guardia a caballo: «¿Quién mató a este hombre?». «Nosotros hemos sido», dijo el mayor. «¿Y por qué?». «Por ganar dinero», dijo el segundo. «¡Entonces van presos los tres!».
El permiso
—Jefe, ¿puedo salir hoy dos horas antes? Mi esposa quiere que la acompañe de compras. —De ninguna manera.
El abogado convincente
Al terminar el juicio, el abogado le dice a su cliente: «Gracias a mi defensa lo declararon inocente. Pero, en confianza, ¿usted robó el banco?».
El que corría tras el autobús
Un autobús con sesenta pasajeros baja una montaña a toda velocidad y detrás va un señor corriendo, desesperado. Un conductor que pasa le grita: «¡Jefe, déjelo, que ya no lo alcanza!».
Las tres hermanas olvidadizas
Tres hermanas de 96, 94 y 92 años vivían juntas. La de 96 llenó la tina, metió un pie y gritó: «¿Alguien sabe si me estaba metiendo o saliendo del baño?». La de 94 empezó a subir para ver, se detuvo y gritó: «¿Yo estaba subiendo o bajando la escalera?». La de 92, que tomaba té en la cocina, pensó: «Ojalá nunca me ponga así de olvidadiza. ¡Toco madera!». Y dio tres golpes en la mesa.
Los pingüinos al zoológico
A un transportista que llevaba pingüinos al zoológico se le descompuso el camión refrigerado. Vio pasar un camión de reparto de leche, también refrigerado, y le pagó al lechero para que llevara los pingüinos al zoológico. Mientras tanto, logró arreglar su camión y fue directo al zoológico. Al llegar, vio salir al lechero con los pingüinos detrás, en fila. «¿Adónde vas con los pingüinos?».
El hombre de Platón
Platón había definido al ser humano como «un bípedo implume», es decir, un animal de dos patas y sin plumas, y lo habían elogiado mucho por ello. Diógenes desplumó un gallo, lo soltó en la Academia y gritó: «¡Aquí les traigo un hombre!».
Doña Truhana y la olla de miel
Doña Truhana, que era bastante pobre, iba al mercado con una olla de miel en la cabeza. Por el camino empezó a soñar despierta: con lo que le dieran por la miel compraría huevos; de los huevos saldrían gallinas; con las gallinas compraría ovejas... y así hasta ser la más rica del pueblo, casar a sus hijos y pasear por la calle con yernos y nueras. Tan feliz estaba que se echó a reír y se dio una palmada en la frente.
Las dos hijas
Las dos hijas de Nasrudín fueron a visitarlo. Una estaba casada con un agricultor y le dijo: «Mi marido sembró mucho trigo; si llueve bastante, me comprará un vestido nuevo». La otra estaba casada con un fabricante de tejas: «Mi marido hizo muchísimas tejas; si no cae ni una gota, me comprará un vestido nuevo». Nasrudín suspiró: