Historias graciosas

Nasreddín, Pedro Urdemales, anécdotas reales y cuentos populares con final inesperado.

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El perro talentoso

—Mi perro es extraordinario: cuando quiere, baila; cuando quiere, me trae las pantuflas; cuando quiere, canta como Sinatra. —¿En serio?

Audio · 13 s

El récord del rompecabezas

—Vengo a inscribirme en el libro de los récords. —¿Qué ha hecho usted? —Armé este rompecabezas en solo un año. —¿Y cuál es la dificultad?

Audio · 13 s

Los ladrones gatos

Tres ladrones entran a un banco por el ducto del aire acondicionado. El primero resbala y hace ruido. «¿Quién anda ahí?», pregunta el guardia. «¡Miauuu!». El guardia sigue su ronda. El segundo resbala. «¿Quién anda ahí?». «¡Miauuu!». El tercero también resbala. «¿Quién anda ahí?».

Audio · 23 s

El burro frente a la iglesia

Un burro murió frente a una iglesia y una semana después seguía ahí. El cura llamó al jefe de policía, que era su adversario político. «Pero, padre, ¿no es usted el encargado de ocuparse de los muertos?».

Audio · 18 s

Cuando llore

Gracias a un tratamiento de fertilidad, una mujer de 65 años tuvo un bebé. Los familiares fueron a visitarla: «¿Podemos ver al bebé?». «Todavía no». Media hora después: «¿Y ahora?». «Todavía no». Ya impacientes: «¿Pero cuándo vamos a verlo?». «Cuando llore». «¿Y por qué tenemos que esperar a que llore?».

Audio · 24 s

Un honor para el príncipe

A fines de la década de 1890, Mark Twain dio una charla en el Savage Club de Londres y lo nombraron miembro honorario. Le explicaron, muy solemnes, que solo tres hombres habían recibido ese honor, entre ellos el príncipe de Gales. Twain respondió:

Audio · 22 s

El citarista desafinado

En los baños, Diógenes siempre saludaba con respeto a un músico que tocaba tan mal que todos lo despreciaban: «¡Dios te guarde, gallo!». Un día el músico le preguntó por qué lo llamaba así.

Audio · 19 s

Los gansos del puentecito

Un vendedor llevaba miles de gansos a la fiesta del rey. En el camino encontró un río muy crecido con un puentecito tan angosto que solo cabía un ganso a la vez. Los puso en fila, uno detrás de otro, y la fila ocupaba muchas leguas. Pasó un ganso... después otro... después otro...

Audio · 26 s

El pez condenado

Un vecino de Chelm compró un pez vivo el viernes para cocinarlo el sábado y lo llevaba debajo del abrigo. El pez se agitó y le dio un coletazo en la cara. El hombre fue a quejarse ante el tribunal del pueblo, y los sabios jueces deliberaron con toda seriedad.

Audio · 19 s

El sacristán que dio los avisos

Un domingo el cura amaneció enfermo y le encargó al sacristán dar los avisos: que no habría misa pero que rezaran el rosario; que el jueves era vigilia porque el viernes era San Simón y San Judas; y que Pedro Martínez y María Jiménez se iban a casar, y si alguien sabía de algún impedimento, que avisara. Nervioso ante tanta gente, el sacristán anunció:

Audio · 39 s

El lado derecho

Un huésped dormía en casa de Nasrudín cuando se apagó la vela. «Mulá, tienes una vela a tu derecha; pásamela y la encendemos».

Audio · 14 s

Ojalá encuentre algo

Una noche la esposa de Nasrudín le susurró: «¡Mulá, hay un ladrón en la casa!».

Audio · 10 s

Come, abrigo mío

Nasrudín fue a una boda con su ropa vieja y nadie le hizo caso. Volvió a su casa, se puso su mejor abrigo de piel y regresó. Esta vez el anfitrión lo recibió con honores, lo sentó a la cabecera y le dijo: «Coma usted, señor». Nasrudín tomó la manga de su abrigo, la acercó a la comida y dijo: «Come, abrigo mío». El anfitrión, asombrado, le preguntó qué hacía.

Audio · 31 s

Ver en la oscuridad

En la casa de té, Nasrudín presumía: «Yo puedo ver en la oscuridad». Alguien le preguntó: «Si es así, ¿por qué algunas noches te vemos caminando por las calles con una lámpara?».

Audio · 16 s

El anillo perdido

Nasrudín perdió su anillo en la sala de su casa. Lo buscó un rato, no lo encontró y salió a buscarlo al patio. Su esposa le preguntó: «Si perdiste el anillo en la sala, ¿por qué lo buscas en el patio?». Nasrudín se acarició la barba y contestó:

Audio · 23 s

Por la tarde no trabajan

Un hombre llega a la puerta del ayuntamiento y le pregunta al guardia: «Perdone, ¿por la tarde no trabajan?».

Audio · 11 s

El viaje por Italia

—¿Qué tal tu viaje por Italia? —Muy bien: estuve en Roma, en Milán y en Temeo. —¿Temeo? Nunca había oído hablar de esa ciudad. —Es grandísima y muy famosa. —¿Seguro que se llama Temeo?

Audio · 18 s

El alpinista que cayó

Dos alpinistas escalan una pared muy empinada y uno se suelta de la cuerda. «¡Juan! ¿Estás bien?». «Sí...». «¿Te hiciste daño?». «No...». «Voy a bajar a ayudarte. ¿Cuántos metros estás por debajo de mí?».

Audio · 16 s

Tarzán y el ratón

Va Tarzán por la selva y se encuentra con un ratoncito. «Tan chiquito y con bigotes...», le dice. El ratón lo mira de arriba abajo y le responde:

Audio · 12 s

El elefante del ascensor

Un elefante trabajaba de ascensorista. Entró un ratoncito apurado y el elefante le preguntó: «¿Qué piso?».

Audio · 9 s

¿Qué quiere?

Un señor entra a un bar. El mesero le pregunta: «¿Qué quiere?». «¿Que qué quiero? Una casa más grande, más dinero...». «No, hombre, ¿qué desea?». «¿Que qué deseo? Una mansión, ser millonario...». «¡No, hombre! ¿Qué va a ser?». «¿Que qué va a ser? Yo prefiero que sea niña, pero si es niño no me importa». «¡No, hombre! ¿Qué va a tomar?». «¡Ah, eso se dice antes! ¿Qué hay?».

Audio · 30 s

La valiente del dentista

Una mujer llega apurada al dentista con su esposo: «Necesito sacar una muela, pero sin anestesia, que tenemos prisa. Hágalo lo más rápido posible». El dentista, impresionado: «¡Qué valiente es usted, señora! ¿Cuál es la muela?». La mujer se voltea hacia su marido:

Audio · 21 s

El taxista asustadizo

Un pasajero le toca el hombro al taxista para preguntarle algo. El taxista pega un grito, pierde el control, casi choca con un camión y termina metido en una vidriera. «¡Amigo, no vuelva a hacer eso, casi me mata del susto!». El pasajero se disculpa: «No pensé que se iba a asustar tanto». «Es que es mi primer día como taxista». «¿Y qué hacía antes?».

Audio · 30 s

¡Eureka!

El rey Hierón le pidió a Arquímedes averiguar si su nueva corona era de oro puro o si el orfebre lo había engañado mezclándolo con otro metal, sin dañar la corona. Mientras se bañaba, Arquímedes notó que el agua subía cuando él entraba en la bañera, y comprendió que así podía medir el volumen de la corona.

Audio · 28 s